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Misa de Corpus Christi para la Historia
La
misa ha tenido muy pocos compositores valiosos; me vienen a la memoria los
nombres de Poulene, Kodály, Stravinsky, Pizzetti, F. Martin, Howells, Vaughan
Williams. Compárese con la producción masiva de misas durante el Renacimiento,
cuando era el género musical más importante. Argentina no es la excepción, y
uno no encontrará una misa de Ginastera, Gianneo, García Morillo o los
hermanos Castro; por lo pronto puedo recordar las misas de Giacobbe y de Boero.
Antonio
Russo es siciliano pero se ha adaptado completamente a nuestra ciudad desde hace
décadas. Tras una larga experiencia como director coral y orquestal, en los últimos
años le ha dedicado más y más tiempo a la composición. He sido testigo de su
progreso: cada obra marcó una mayor evolución y demostró que el artista es un
verdadero compositor; pero yo no estaba preparado para la asombrosa proyección
y el impacto de su Missa in Solemnitate
Sanctissime Corporis et Sanguinis Christi de 65 minutos, que bien puede ser
la máxima música sacra escrita en este país.
Se
discute si una obra debe ser innovadora para ser importante; técnicamente no
hay nada en Russo que no pueda hallarse en otros compositores, y encuentro en él
una fuerte afinidad con creadores tan disímiles como Walton y Janácek. Esta
obra podría haber sido escrita en 1940, porque, de hecho, para ese entonces ya
habían habido treinta años de intensa renovación en el lenguaje musical. Por
lo tanto Russo no está a la moda, le es fiel a la tonalidad expandida que
convivía con la atonalidad y el serialismo, felizmente también prescinde del
minimalismo.
Lo
importante es la frescura y el brío de la imaginación de Russo, su increíble
mano para la escritura coral, su sensibilidad infalible para con el timbre de la
orquestación a menudo no convencional. Posee holgura para permitir largos
tramos de melodía ininterrumpida y de sentido de clímax y contraste, de modo
que la atención del oyente está permanentemente atrapada. No me importa si
hablando dialécticamente ésta es o no es música de 1998, sólo sé que me
moviliza y hace que tenga ganas de volverla a escuchar, y eso es lo que importa.
Esto
no es una reseña en tanto que la obra fue hecha como parte de una celebración
eucarística presidida por monseñor Héctor Aguer, como parte del ciclo “Música
y oración” organizado por el Arzobispado de Buenos Aires, en un valioso
esfuerzo de alto nivel artístico. Tuvo lugar en la parroquia de San Benito
Abad, y el compositor dirigió a la Cantoría Lugano (cuyo director es Eduardo
Vallejo), al Ensamble Domina Rerum y a los solistas María Teresa Ciarla
(soprano), Alejandra Herrera (mezzo), Ricardo Gonzáles Dorrego (tenor) y Raúl
Neumann (bajo). Los solistas cantaron bien, la orquesta fue buena, pero el
elemento sobresaliente fue el Coro, que sostuvo la extensa obra con una
concentración infalible, una musicalidad consistente e intensidad. En este
estilo es uno de nuestros mejores coros. El compositor, que es también un
excelente director (y tan vergonzosamente olvidado por nuestras principales
orquestas), estaba compresiblemente regocijado.
En
su discurso, monseñor Aguer dijo no conocer otra misa para Corpus Christi; y yo
tampoco, por lo que ésta debe ser realmente la primera. A las habituales cinco
partes se le agregaron un Introito y una Sequentia (Lauda
Sion). Carmen García Muñoz señala en el programa que la obra fue escrita
en el espíritu humanista del motete renacentista. También menciona que hay
pasajes atonales y clusters, pero
ciertamente ambos están subordinados al lenguaje tonal que prevalece.
Esta obra debería ser grabada y difundida en Europa y en los Estados Unidos; creo que satisface una necesidad y le deseo el mayor éxito.